De nuevo, mi retraso se debe a motivos de salud y a las preocupaciones que todo eso conlleva. No me considero una persona aprehensiva pero la verdad es que, últimamente, parece que mi vida transcurre entre centros de salud, hospitales, pinchazos, pruebas y espera de resultados. Soy valiente a la hora de afrontar cualquier cosa, pero la espera previa y posterior me descompone. Sobre todo cuando se trata de algo potencialmente importante y, tratándose de mi cuerpo cada vez más deteriorado, la cosa puede llegar a tener su punto de especial interés.
A veces aprovecho la situación para analizar a las personas que intervienen en todo este tinglado, y he descubierto que los profesionales que se acostumbran a tratar con el dolor suelen tener un caparazón afectivo enorme y, a veces, unas maneras que, lejos de reconfortar al paciente, les hace aumentar aún más su ansiedad. Y eso es justo lo que me ocurre. Intento cerrar una puerta y se me abren tres más, encontrando detrás de ellas a algunas personas que te magnifican la preocupación y te hacen sufrir aún más. Soy consciente que muchos especialistas de la medicina intentan llegar al extremo de la situación y te plantean el peor de los escenarios sin el mínimo escrúpulo con el objetivo de cubrirse las espaldas por si se produce esa situación. Me han llegado a decir cosas abominables, a plantearme situaciones trágicas antes de una de estas pruebas, con lo que es fácil imaginarse las noches de insomnio, el desequilibrio emocional y lo mal que lo he pasado durantes estas semanas.Mi vida acababa ayer – días de las últimas pruebas – para empezar de nuevo hoy, cuando comienza la agonía de la espera de resultados, biopsias, etc.
Este es un proceso que paso cada cierto tiempo y al que nunca me acostumbro. Y lo paso mal. Muy mal. Me despierto a media noche e intento visualizar cómo sería esto o aquello, dándole vueltas a la cabeza mientras se me viene a la mente las palabras de ese doctor que me da una charla sobre enfermedades espantosas y mi alta probabilidad de padecerlas, o la visita a ese otro compañero que me añade una prueba invasiva más “para aprovechar la sedación” de otro horror ya programado y que, con una frialdad tremenda, me trata con un desinterés absoluto. Ni me pregunta, ni me toca. Se dirige a mí con una frialdad polar y directamente me envía a la sala de torturas, dejándome en un estado mental que él nunca podría imaginarse y que dudo que llegue a tocarle la más mínima fibra de su estoy seguro escasa sensibilidad hacia el paciente. Sin la más mínima explicación, sin unas palabras reconfortantes. Nada.
Siempre pienso que, pase lo que pase, la vida sigue. Y que hay que luchar en la medida de lo posible y de lo imposible. Pero en esos momentos se agradece estar acompañado de personas que te den ánimos, que te apoyen, que te sonrían, que te digan que no debes preocuparte, que te expliquen por qué y para qué te hacen las pruebas. En definitiva, que te tranquilicen. Al fin y al cabo, deberían ser conscientes que tratan con personas que están allí delante de ellos porque, ante todo, están enfermas, con todo lo que eso significa en términos de miedo e intranquilidad.Con todo el dineral (necesario) que se gastan en equipos humanos y técnicos, a veces parecen olvidarse de poner en marcha planes de formación en tratamiento correcto a pacientes, aunque estoy seguro que a base de ocuparse desde fuera del dolor una y mil veces pueden llegar a estar hasta cansados y aburridos de ver las mismas caras cabizbajas, los mismos rostros descompuestos. De la misma forma que una prostituta no puede encontrar cariño cuando fornica con un cliente o un verdugo sentir culpa cuando ejecuta un reo.
Pero seguimos por aquí. En este nuevo día cero.
Algunas canciones que me han reconfortado últimamente:
Theoretical Girl – The boy I left behind
The Motifs-Dots
Cotton Candy – Tint Control and Fine Tuning
Por el contrario, el libro de Everett es una pequeña joya. Me ha encantado y me lo he leído casi de un tirón. Su vida no tiene nada que ver con la de Donovan, y eso se agradece mucho. Proveniente de una familia extraña y desestructurada en cierta medida, en poco tiempo perdió a toda su familia y el libro te cuenta todo ello no de forma escabrosa, sino de una manera realista y sencilla, mezclando estas pinceladas de sordidez con sus vivencias y miserias en giras, lanzamientos y mucha de la mierda que rodea a un artista globalizado. Y la muerte por todos lados.
Y lo que es mejor, parece que voy perdiendo el miedo a leer más autobiografías de mis personajes favoritos, en un afán voyeurista por descubrir si, detrás de todos ellos, se esconde la verdad o la mentira, y si hay algo más que fachada e imagen en todos ellos.


Tampoco aguanto donde vivo. Ni el sitio ni la comunidad de dementes que me ha tocado por vecinos. No es que sean chungos, es que son imbéciles absolutos. Entre los viejos abandonados por los hijos que viven en urbas próximas para que, por la cosa de la cercanía, se conviertan en cuidadores de nietos a tiempo completo, a los jovencitos anormales que piensan en ELLOS como centro de sus vidas o los muchos alquilados con vidas extrañísimas, al final este edificio se transforma en una estampa de lo que es el noroeste de Madrid en el año 2009: una auténtica bazofia llena de individualismo y de miserias humanas encubiertas por un querer y, en muchos casos, no poder.
Una de las cosas positivas de las ediciones DeLuxe de la gran cantidad de discos que se están reeditando es la posibilidad de escuchar las maquetas grabadas por los artistas para poder contrastarlas con las versiones finales. En numerosas ocasiones, las diferencias son abismales y, claro está, la culpa o las alabanzas del producto definitivo son, a menudo, atribuibles a una persona: EL PRODUCTOR.
Pero volvemos a lo nuestro. Año 2009. Muchos grupos. Muchas ideas. Muchos sonidos. Pero ni un céntimo para excesos de ningún tipo. Desaparecen las discográficas. La gente no compra música. El riesgo se minimiza hasta la última esencia. La labor del productor pierde fuerza y parece que volvemos al otro extremo. Ahora no tendremos que ver pasar el tiempo para que nos lleguen las reediciones que incluyen las maquetas porque, con la urgencia del momento, consumimos las canciones en su versión más cruda: sin azúcar, ni sal, ni pimienta. Por mucho que nos guste y admiremos a nuestros Espantos, Anntonas, Crepúsculos, Tarántulas y tantos grupos de aquí y de allí que graban en condiciones mínimas, uno se pregunta qué habría sido si sus joyas hubieran pasado por las manos expertas de los productores apropiados.
Una cosa es hacer una versión, como gracieta y tal, y otra intentar componer, cantar y hacer tu carrera basándote en una especie de sonidos ridículos. Y no me vale la excusa esa de “es que ayuda a abrir el mercado internacional”, porque no cuela y ya es hora de que se enteren que los malos acentos suelen quedar fatal cuando se canta en otro idioma. Ya sé que hay excepciones a la regla y que, por ejemplo, la dulce cadencia afrancesada potencia el encanto de Claudine Longet pero, en general, debo admitir que no soporto y nunca compraría un disco de un grupo/solista español cantado en otro idioma. No lo aguanto.
Por suerte todo aquello pasó pero, vaya por Dios, de nuevo empiezan a surgir cantantes y grupetes que se siguen empeñando en hacer algo que detesto: cantar en inglés. Parece que, cuando surge esta tendencia, es una señal de vacío en el panorama musical y el momento apropiado para iniciar una nueva revolución cultural.

Ahora me hace gracia ver cómo he cambiado en cuarenta y tantos años y la cantidad de etapas por las que he pasado. Imagino que este bagaje es lo que forma la personalidad y esa capacidad para absorber es lo que me ha convertido en una persona abierta a frentes diferentes. En definitiva, creo que todo ello me ha hecho algo menos talibán dentro de la ortodoxia musical, escuchando estilos diferentes para asimilar el contenido con mayor facilidad aunque, por el contrario, también me ha convertido en un consumidor más selectivo, por aquello del “esto ya lo he vivido antes en su versión original y las copias no me sorprenden”.
Me haría hasta gracia poner a esta nueva generación discos que han sido influencia directa de, por ejemplo, Pains of Being Pure at Heart, para ver su cara de asombro. Inventar algo nuevo cada vez resulta más difícil en un mundo globalizado y homogeneizado y uno comprende que resulta más fácil reproducir viejos esquemas, a veces con un descaro sonrojante. Al fin y al cabo, todo en esta vida es más o menos cíclico. Y no pasa nada.
Y esta forma de pensamiento continúa bien avanzada la adolescencia e incluso la edad adulta, siguiendo un plan de estudios que castra la iniciativa y potencia el borreguismo. El resultado de todo ello es evidente: masas que persiguen la misma basura y cada vez menos almas disidentes que deciden apartarse del resto para buscar alternativas.
Son muchos los creadores que se han visto relegados a un quinto plano por la sola decisión de ser diferentes para que, tiempo después - incluso lo suficientemente avanzado como para saborear un éxito tardío,- alguien los descubra y se comience a hablar de ese tópico que es el estar “adelantado a su tiempo”. En música tenemos un buen montón de ejemplos de grupos que han lanzado material ejemplar, extraño y que han visto su obra apreciada muchos años después.
Parece que la aventura de Stephen con su magnífico sello Geographic es una respuesta a todo eso y una reivindicación de la importancia de la diferencia y la belleza oculta de lo deslabazado. El catálogo de Geographic es una bocanada de aire fresco en un entorno cada vez más homogeneizado. Muchas de las referencias publicadas son un canto al riesgo, a la vanguardia con toques orientales y, aunque parezca una contradicción absoluta, a la sencillez más complicada. Poco importa si están mal cantadas, mal tocadas, compuestas de forma rápida y grabadas en condiciones precarias, porque lo realmente interesante es que estas canciones van más allá de todo ello y, para apreciarlas, sólo hace falta una cosa: valorar lo diferente.
