martes 17 de noviembre de 2009

Médicos

Llevo varias semanas sin escribir nada. La verdad es que lo he intentado varias veces, pero al final he leído los borradores y los he ido archivando en ese pozo sin fondo que es la carpeta Mis Documentos del ordenador.

De nuevo, mi retraso se debe a motivos de salud y a las preocupaciones que todo eso conlleva. No me considero una persona aprehensiva pero la verdad es que, últimamente, parece que mi vida transcurre entre centros de salud, hospitales, pinchazos, pruebas y espera de resultados. Soy valiente a la hora de afrontar cualquier cosa, pero la espera previa y posterior me descompone. Sobre todo cuando se trata de algo potencialmente importante y, tratándose de mi cuerpo cada vez más deteriorado, la cosa puede llegar a tener su punto de especial interés.
A veces aprovecho la situación para analizar a las personas que intervienen en todo este tinglado, y he descubierto que los profesionales que se acostumbran a tratar con el dolor suelen tener un caparazón afectivo enorme y, a veces, unas maneras que, lejos de reconfortar al paciente, les hace aumentar aún más su ansiedad. Y eso es justo lo que me ocurre. Intento cerrar una puerta y se me abren tres más, encontrando detrás de ellas a algunas personas que te magnifican la preocupación y te hacen sufrir aún más. Soy consciente que muchos especialistas de la medicina intentan llegar al extremo de la situación y te plantean el peor de los escenarios sin el mínimo escrúpulo con el objetivo de cubrirse las espaldas por si se produce esa situación. Me han llegado a decir cosas abominables, a plantearme situaciones trágicas antes de una de estas pruebas, con lo que es fácil imaginarse las noches de insomnio, el desequilibrio emocional y lo mal que lo he pasado durantes estas semanas.

Mi vida acababa ayer – días de las últimas pruebas – para empezar de nuevo hoy, cuando comienza la agonía de la espera de resultados, biopsias, etc.

Este es un proceso que paso cada cierto tiempo y al que nunca me acostumbro. Y lo paso mal. Muy mal. Me despierto a media noche e intento visualizar cómo sería esto o aquello, dándole vueltas a la cabeza mientras se me viene a la mente las palabras de ese doctor que me da una charla sobre enfermedades espantosas y mi alta probabilidad de padecerlas, o la visita a ese otro compañero que me añade una prueba invasiva más “para aprovechar la sedación” de otro horror ya programado y que, con una frialdad tremenda, me trata con un desinterés absoluto. Ni me pregunta, ni me toca. Se dirige a mí con una frialdad polar y directamente me envía a la sala de torturas, dejándome en un estado mental que él nunca podría imaginarse y que dudo que llegue a tocarle la más mínima fibra de su estoy seguro escasa sensibilidad hacia el paciente. Sin la más mínima explicación, sin unas palabras reconfortantes. Nada.
Siempre pienso que, pase lo que pase, la vida sigue. Y que hay que luchar en la medida de lo posible y de lo imposible. Pero en esos momentos se agradece estar acompañado de personas que te den ánimos, que te apoyen, que te sonrían, que te digan que no debes preocuparte, que te expliquen por qué y para qué te hacen las pruebas. En definitiva, que te tranquilicen. Al fin y al cabo, deberían ser conscientes que tratan con personas que están allí delante de ellos porque, ante todo, están enfermas, con todo lo que eso significa en términos de miedo e intranquilidad.

Con todo el dineral (necesario) que se gastan en equipos humanos y técnicos, a veces parecen olvidarse de poner en marcha planes de formación en tratamiento correcto a pacientes, aunque estoy seguro que a base de ocuparse desde fuera del dolor una y mil veces pueden llegar a estar hasta cansados y aburridos de ver las mismas caras cabizbajas, los mismos rostros descompuestos. De la misma forma que una prostituta no puede encontrar cariño cuando fornica con un cliente o un verdugo sentir culpa cuando ejecuta un reo.

Pero seguimos por aquí. En este nuevo día cero.

Algunas canciones que me han reconfortado últimamente:

Theoretical Girl – The boy I left behind
The Motifs-Dots
Cotton Candy – Tint Control and Fine Tuning

martes 15 de septiembre de 2009

Autobiografías

Estoy leyendo en paralelo dos libros que tienen que ver con la música. Y eso que me da pánico saber más sobre gente que admiro porque casi siempre me defraudan y me llevo un chasco y una gran decepción cuando atravieso la barrera de lo estrictamente comercial para adentrarme en el terreno de lo personal, pero hace poco conseguí estas dos autobiografías a un buen precio y no pude dejar de escapar la oportunidad de adentrarme en el mundo de Donovan y de Mark Oliver Everett (Eels).

Como ocurre con muchas cosas de la vida, la lectura de Hurdy Gurdy Man (el libro de Donovan) y de Things the Grandchilden Should Know (el trabajo literario de Everett) resulta ser una experiencia casi contradictoria.

Por una parte, Donovan se muestra como un triunfalista al que pareció irle todo de maravilla, y su libro no es más que el relato de una persona a la que todo le fue siempre bien, por muy jipioso que se le pinte. A veces resulta hasta cargante su forma de contar lo estupendo que era, la suerte que tuvo en esta vida y lo genial de su carrera y trabajo. Hay algo de las autobiografías de los triunfadores que me irrita de sobremanera, igual porque mi vida está y ha estado siempre llena de trabas y trampas y lo mío es un ciclo vital de auténtica supervivencia y superación, por lo que las historias de vencedores a los que todo les ha ido sobre ruedas me sacan de quicio. Yo esperaba más vida al margen de lo establecido y algo más de rebeldía pero, por desgracia, este libro ha hecho bajar a Donovan muchos peldaños en mi escala de personas admirables. Siempre nos quedan las canciones, supongo.
Por el contrario, el libro de Everett es una pequeña joya. Me ha encantado y me lo he leído casi de un tirón. Su vida no tiene nada que ver con la de Donovan, y eso se agradece mucho. Proveniente de una familia extraña y desestructurada en cierta medida, en poco tiempo perdió a toda su familia y el libro te cuenta todo ello no de forma escabrosa, sino de una manera realista y sencilla, mezclando estas pinceladas de sordidez con sus vivencias y miserias en giras, lanzamientos y mucha de la mierda que rodea a un artista globalizado. Y la muerte por todos lados.

Si antes me gustaba lo que hacía en Eels ahora parece que lo entiendo todo mejor y le aprecio incluso más. En este sentido, este libro ha sido una maravillosa adquisición, que te hace comprender aún mejor todo lo que rodea a unos discos que, si antes eran buenísimos, ahora se pueden poner en su sitio como piezas dentro de un rompecabezas.
Y lo que es mejor, parece que voy perdiendo el miedo a leer más autobiografías de mis personajes favoritos, en un afán voyeurista por descubrir si, detrás de todos ellos, se esconde la verdad o la mentira, y si hay algo más que fachada e imagen en todos ellos.

Con lo que me gusta la música, creo que me horrorizaría trabajar en un lugar en el que tuviera que lidiar con los grupos que admiro, porque creo que acabaría aborreciendo a más de uno y, por el contrario, encontraría grandes gemas en seres inesperados.

Por el momento, casi prefiero limitarme a lo estrictamente publicado y a las cuatro entrevistas que pueda leer. Y no más, por lo que pueda pasar.

Donovan 0 Everett 1:

Eels – Old shit / new shit
Donovan- Jennifer Jupiter

domingo 6 de septiembre de 2009

Violencia

Estaba el otro día en un bar del centro de Madrid con mis amigos de Birra y Perdiz cuando presenciamos horrorizados una escena espeluznante. Un joven discutía con el propietario del establecimiento porque se negaba a pagarle 10 euros por un plato cuando (supuestamente) sólo le había pedido una tapa para picar algo.

Las voces fueron en aumento y el dueño comenzó a amenazar al cliente con clavarle un cuchillo jamonero de grandes dimensiones. El asunto subió aún más de tono y, en un periquete, el ventero con instintos asesinos saltó de la barra, esta vez con un afilador de cuchillos tamaño XXXL y acabado en punta y asió al cliente por la camisa, pinchándole en el estómago mientras que le gritaba fuera de sí que le pagara los 10 euros. No contento con todo ello, un camarero sujetó al chico por detrás, mientras entre ambos le propinaban porrazos con una bandeja metálica y con un cenicero grueso de cristal. El joven logró desprenderse de los dos salvajes y se marchó (sin pagar), dejando un ipod y unas gafas tirados por el suelo.

No sabemos cómo acabó la cosa porque salimos pitando de allí, por si el agredido volvía con una recortada y la liaba a las 5 de la tarde del sábado, después de semejante y muy desagradable escena.
No se llamó a la policía ni se amenazaron con denuncias. Ya nadie confía en el poder judicial y se pasa a las manos directamente, volviendo al primitivismo cavernícola y a la violencia más absoluta.

Este es un tema del que se habla mucho en esta casa. Desde fuera se puede pensar que España es un país de baile y pandereta, de gentes sanas y abiertas, de espíritus bonachones y risueños, de alegría permanente. Igual lo fue hace tiempo, pero la realidad actual es muy diferente. Este es un país que se está avinagrando cada vez más, en donde los niveles de agresividad suben cada día. En la calle, en el trabajo, en la familia, en el colegio, en la televisión.

Sería maravilloso que los sociólogos que parecen limitarse a decir obviedades sobre fenómenos evidentes hicieran un esfuerzo para ocuparse de un tema que, a mi juicio, resulta preocupante: el cambio y la degradación de la sociedad española durante los últimos 25 años.

Es verdad que hemos sufrido en poco tiempo subidas y bajadas de todo tipo, y que hemos visto la multiculturalización rápida de nuestras ciudades (con el miedo a lo desconocido que ya nos ha hecho famosos en otras ocasiones históricas, cuando nuestros antepasados se unieron para echar a judíos o musulmanes de nuestro territorio), y que todo esto hay que asimilarlo, pero el resultado no deja de ser digno de mención: la gente se está encerrando cada vez más en sus caparazones, protegiendo sus supuestos derechos con una virulencia que está llegando a extremos de auténtica brutalidad. Y, lo peor de todo, la gente disfruta con tanta violencia, de la misma manera que los romanos (de nuevo, nuestros antepasados) se relamían viendo cómo el león se devoraba al gladiador.

De hecho, los topicazos arriba expuestos sobre la simpatía española se borran cada vez que salgo para hacer algo. La falta de respeto al cliente es habitual. Las malas formas en las instituciones públicas son frecuentes. La mala disposición a la hora de ofrecer servicio al usuario es patente. Iré más allá: en esta casa nos encanta volver a Inglaterra para ser BIEN ATENDIDOS, para disfrutar de gente que te saluda de buena manera, para preguntar a un empleado municipal y que te conteste con una sonrisa y con unas formas exquisitas.

Mi señora esposa me dice que cuanto más vive en este país, más se da cuenta por qué hubo una guerra civil no hace tanto tiempo. Y yo no puedo dejar de darle la razón. El odio y la envidia afloran en nuestra forma de ser y soy consciente que, en caso de haber un conflicto de este tipo, más de uno iría directo a por mi cabeza por motivos más que pueriles. Como el dueño del bar a punto de matar al cliente por 10 euros por algo tan estúpido como un sencillo error lingüístico.

¿Qué nos está pasando?

Algunas canciones con fondo violento:

Sham 69 – Borstal Breakout
Zounds – War/Subvert
Sultans of Ping F.C. – Kick me with your leather boots

domingo 9 de agosto de 2009

HARTO

Un día más aquí y exploto. Odio el calor y he perdido la cuenta de las semanas con el termómetro por encima de los 35 grados. No soporto el verano. Si tuviera contacto con Dios, le rogaría que cortara desde mayo a septiembre, por la cosa del agobio que me entra con la temperatura.

Tampoco aguanto donde vivo. Ni el sitio ni la comunidad de dementes que me ha tocado por vecinos. No es que sean chungos, es que son imbéciles absolutos. Entre los viejos abandonados por los hijos que viven en urbas próximas para que, por la cosa de la cercanía, se conviertan en cuidadores de nietos a tiempo completo, a los jovencitos anormales que piensan en ELLOS como centro de sus vidas o los muchos alquilados con vidas extrañísimas, al final este edificio se transforma en una estampa de lo que es el noroeste de Madrid en el año 2009: una auténtica bazofia llena de individualismo y de miserias humanas encubiertas por un querer y, en muchos casos, no poder.

El trabajo me asfixia también. Ya sé que no debería quejarme de tener demasiado pero, sin querer pecar de desagradecido, necesito unos días libres sin presiones de “lo quiero para ya”, incluyendo domingos, fines de semana, puentes, noches o madrugadas. A uno le preocupa la cosa de perder trabajo, pero entiendo que el cuerpo necesita DESCONECTAR, aunque sea a costa de perder curro durante unos días. Recientemente, en mitad de una etapa de agobio máximo, comencé a sentirme de forma extraña. Fui al médico y me dijo que me tomara unas vacaciones. Yo le pregunté si la Seguridad Social me las pagaba, chiste que el joven que me atendió pareció no entender muy bien. Igual tenía razón y es verdad que, realmente, mi cuerpo necesita un descanso en forma de cambio.

Estoy harto de muchas cosas que quiero dejar atrás, aunque sea por unos días. Harto de malos padres y de peores hermanos. Harto de sentirme mal. Harto de la mediocridad de la vida en el extrarradio de una gran ciudad. Harto de la monotonía veraniega. Harto de la insolidaridad. Creo que hasta estoy harto de estar harto. Parece que he alcanzado el hastío absoluto y necesito abandonar todo lo que me rodea.

Me siento como un disco desubicado. De esos que salen de la nada en un panorama difícil y se quedan perdidos entre una maraña de bazofias, de cortapisas, de malos rollos, de envidias y de imposibilidades. Esas maravillas que, a pesar de su gran potencial, encuentran casi imposible salir adelante, quedándose como joyas ocultas, hartas de darse golpes contra puertas que nunca se abren.
Me voy. Pero juro que volveré (o, al menos, eso espero)

Algunas gemas desubicadas:

- Algora - Paraaguas. El CD de Algora de 2007 "Planes de Verano" debería de haber conseguido la apreciación que no obtuvo en su tiempo, pero la apuesta de este cantautor tecno acústico gay parece que resultó demasiado homo para los heteros, demasiado serio para gays, demasiado acústico para los modernos tecno, demasiado tecno para los puristas del pop acústico y demasiado avanzado para unos oyentes aún no acostumbrados a este tipo de exquisiteces. El caso es que, no sé si por eso o por la mala distribución o por una simple y clara desubicación, esta gema del POP español aún está por descubrir para muchos. Uno de los discos hechos por aquí más atrevidos e interesantes de los últimos años.

- The Charlottes – How can you say you really feel? Pequeña gran joyona que fue aparcada en la cara b de su primer single. Este grupo intentó arrasar en los días de esplendor de los grupos noise-shoegazer, y dejaron esta preciosidad de bomba POP como recuerdo de lo que pudo ser y nunca quisieron que fuera.

- Crash – Bright Coloured Lights. Otra canción enorme de estos americanos que emigraron a Inglaterra a mediados de los 80, en busca del espíritu de los mejores momentos de Creation y de otros sellos influyentes. Por desgracia, poco consiguieron a nivel de reconocimiento, pero mucho a nivel de grandes temas, por muy desubicados que se encontraran en su época.

- El Primer Tercio – Meses de Olvido. Preciosa canción de este grupo que llegó tarde a la movida y demasiado pronto para el despegue de los sellos indies tal y como los conocemos hoy. Por culpa de una cosa y de otra, se encontraron totalmente desubicados. Si esta canción se hubiera publicado ahora, seguro que a más de uno se le caería la baba.

sábado 25 de julio de 2009

Productores

Últimamente he leído varios libros sobre música y me sorprende ver lo que ocurre detrás de los grupos, la cantidad de personas que participan en el lanzamiento de un fenómeno musical y las historias de aquellos individuos que trabajan más o menos a la sombra para hacer que algo tenga éxito y alcance mediático.
Una de las cosas positivas de las ediciones DeLuxe de la gran cantidad de discos que se están reeditando es la posibilidad de escuchar las maquetas grabadas por los artistas para poder contrastarlas con las versiones finales. En numerosas ocasiones, las diferencias son abismales y, claro está, la culpa o las alabanzas del producto definitivo son, a menudo, atribuibles a una persona: EL PRODUCTOR.

Pero la figura del productor está perdiendo valor en estos días, cuando los presupuestos para las grabaciones disminuyen y cuando la tecnología es tan avanzada que ya no es necesario visitar un estudio para conseguir un buen resultado. Prácticamente cualquiera puede grabarse sus cositas en casa, siguiendo el más puro estilo Juan Palomo y con la única ayuda de un sencillo ordenador.

Además de esto, la popularización del sonido low-fi nos está haciendo ir para atrás en este terreno, llegando a olvidar las creaciones repletas de arreglos y parafernalia marca de una casa determinada para entregarnos sin remilgos a la escucha de canciones con mucho ingenio pero, desgraciadamente, suministradas para su consumo prácticamente en su esqueleto, sin que hayan pasado por terceras partes para darles un tratamiento adicional.

Desde que comencé a comprar discos me he sentido intrigado por la extraña figura de las personas que, detrás de los controles, deciden, cambian, opinan y dan forma a las canciones. Joe Meek, Joe Boyd, Rafael Trabuchelli, Joe Foster, Martin Hannett, Richard Preston, Dan Tracy, John Porter, Pete Collier, Peter Haigh, Mitch Easter, John A. Rivers, Ian Catt, Ian Broudie o Trevor Horn son algunos de los nombres que he admirado en este campo. Auténticos geniecillos que han logrado sacar el máximo partido de gemas que, sin su ayuda, no hubieran tenido el sonido que les caracteriza.

De hecho, confieso haber comprado más de un disco sin conocer de nada al grupo, fiándome únicamente del productor como artífice de algo espectacular. Y pocas veces me han defraudado. Sobre todo cuando se trata de grupos imposibles a los que han dado su toque particular.

La elección de esta figura – repito, para aquellos artistas que tengan posibilidad de hacerlo – es algo muy delicado y muchas veces no son conscientes de la importancia de ello ya que, igual que aderezan los temas, también pueden destrozarlos de lo lindo. En más de una ocasión hemos leído entrevistas de músicos que despotrican de un disco por su mala producción, argumentando que las presiones del momento o su inexperiencia les habían hecho doblegarse por completo a las órdenes de la persona detrás de la mesa de mezclas para acabar con algo que ellos repudian. En estos casos, la publicación de las maquetas se hace necesaria para el disfrute de todos los aficionados y para comprobar el alcance de semejante desaguisado. Los años 80 fueron espantosos en este terreno, cuando el uso y abuso del Fairlight y de otros horrores electrónicos desvirtuaban las joyas hasta destrozarlas por completo. La moda. Las malditas modas. Incluso así, hay gente que saca partido de las producciones de, por ejemplo, Stock, Aitken y Waterman, como fuente de inspiración para sus arreglos más atrevidos. No hay mal que por bien no venga, supongo.
Pero volvemos a lo nuestro. Año 2009. Muchos grupos. Muchas ideas. Muchos sonidos. Pero ni un céntimo para excesos de ningún tipo. Desaparecen las discográficas. La gente no compra música. El riesgo se minimiza hasta la última esencia. La labor del productor pierde fuerza y parece que volvemos al otro extremo. Ahora no tendremos que ver pasar el tiempo para que nos lleguen las reediciones que incluyen las maquetas porque, con la urgencia del momento, consumimos las canciones en su versión más cruda: sin azúcar, ni sal, ni pimienta. Por mucho que nos guste y admiremos a nuestros Espantos, Anntonas, Crepúsculos, Tarántulas y tantos grupos de aquí y de allí que graban en condiciones mínimas, uno se pregunta qué habría sido si sus joyas hubieran pasado por las manos expertas de los productores apropiados.

Igual hay que esperar algunos años para ver el resultado, aunque también es posible que, para nuestra desgracia, nunca lleguemos a saborear dicho placer.

Algunas gemas en donde han dejado su firma los productores:

AVO-8 – Is this the end? (producido por Pete Haigh)
Surf Drums – Walkaway (producido por Joe Foster)
The Parachute Men – Bed and Breakfast (producido por John A. Rivers)
The Windbreakers – Make a fool out of me (producido por Mitch Easter)

lunes 13 de julio de 2009

Idiomas

Este es un debate que se ha mantenido durante tiempo pero que, debido al resurgir de grupos de por aquí que cantan en idiomas de por allí, no dejo de asombrarme por la estupidez que resulta narrar cosas en un idioma que no te pertenece, con el que no trabajas a diario y, lo más grave, que no dominas a la perfección.

Una cosa es hacer una versión, como gracieta y tal, y otra intentar componer, cantar y hacer tu carrera basándote en una especie de sonidos ridículos. Y no me vale la excusa esa de “es que ayuda a abrir el mercado internacional”, porque no cuela y ya es hora de que se enteren que los malos acentos suelen quedar fatal cuando se canta en otro idioma. Ya sé que hay excepciones a la regla y que, por ejemplo, la dulce cadencia afrancesada potencia el encanto de Claudine Longet pero, en general, debo admitir que no soporto y nunca compraría un disco de un grupo/solista español cantado en otro idioma. No lo aguanto.

Tampoco me sirve el argumento tan utilizado de “mis canciones me salen naturalmente en otro idioma” o esa tontería de “como siempre he escuchado canciones en inglés, compongo en ese lenguaje”. Me pregunto si esas personas hacen música para transmitir un mensaje o si, realmente, no tienen nada que decir y lo demuestran balbuceando idioteces. Creo que ese fue uno de los puntos flojos de esa horrible corriente de principios de los 90 formada por grupos que se hicieron llamar “noise” y que se empeñaban en copiar malamente esquemas guitarreros chungos para intentar no decir nada en inglés. Si, por lo menos, hubieran tenido iniciativa y les hubiera dado por crear un lenguaje nuevo – como, por ejemplo, hicieron Cocteau Twins en su momento- se lo habría perdonado más. Pero no, no fue así. Para colmo, esa época me pilló en una larga estancia en Inglaterra y, cuando me llegaba un disco de esos grupitos, tengo que reconocer que me daba vergüenza ajena lo que escuchaba. Y, encima, lo que me asombraba era ver que se estaba creando una escena sobre esa aberración idiomática. No lo entendía entonces y sigo sin entenderlo ahora.
Por suerte todo aquello pasó pero, vaya por Dios, de nuevo empiezan a surgir cantantes y grupetes que se siguen empeñando en hacer algo que detesto: cantar en inglés. Parece que, cuando surge esta tendencia, es una señal de vacío en el panorama musical y el momento apropiado para iniciar una nueva revolución cultural.

¿Qué sentido tiene la falta de iniciativa para, sencillamente, no decir nada? ¿Por qué no pierden la vergüenza y comunican lo que realmente sienten en un idioma que conocen para, algo esencial, transmitir todo lo que desean contar a una audiencia próxima, con la que tienen contacto y que entiende lo que expresan?

Esa es, para mí, es la clave de los grupos de mi entorno que se comunican en mi idioma. Por mucho que me gusten las bandas inglesas y/o americanas, tengo que admitir que cantan para personas de sus respectivos entornos y que, al fin y al cabo, me llena más Dos Policías de Los Punsetes – con su temática, las calles y los paisajes que veo a diario – que cualquier canción que alabe la vida urbana de los EE.UU. o los días lluviosos y fríos del Reino Unido.

Hoy he sacado una serie de joyas en diversos idiomas. Todas diferentes. Todas preciosas. Muchas no las entiendo pero no necesito hacerlo, porque me gustan tal y como son y no quiero una versión mal interpretada, mal escrita y compuesta con otra cosa que no sea el corazón.

Un grupo francés que canta en francés
Un grupo sueco que canta en sueco
Un grupo portugués que canta en portugués
Un grupo español que canta en español

lunes 6 de julio de 2009

El valor de la cultura

He visto el futuro de la comercialización de la cultura. Acabo de volver de Inglaterra y, en unos pocos meses, se han abierto en sus calles nuevas tiendas pensadas para satisfacer las necesidades de los usuarios modernos interesados en comprar material bueno, bonito y barato.

El mercado británico siempre ha estado orientado a la búsqueda de gangas en tiendas de segunda mano de todo tipo, pero esto es otra cosa. No se trata de objetos usados, sino de artículos nuevos a un precio más que razonable. De hecho, parece que alguien ha decidido poner algo de cordura en esta locura que vivimos y, en unos tiempos de crisis y de modas cada vez más efímeras y pasajeras, resulta estúpido dejar almacenados cientos de discos o de libros, haciendo que cojan polvo y que se deprecien día a día. ¿No resulta una mejor idea vaciar los almacenes y vender las copias pendientes a buen precio? De esa forma, todos salimos ganando: el consumidor se lleva a casita joyas baratas, las tiendas ganan algo con la transacción, las compañías de discos se liberan de material de difícil salida y los almacenes se limpian para dejar paso a otro material.


Y no se trata del manido fondo de catálogo, sino que entre pilas y pilas de cosas te puedes encontrar unos pedazos de gemas que, por cosas del destino, no han vendido todo lo que esperaban y que han acabado en las estanterías esperando que aficionados como tú y como yo nos las llevemos a casa por dos duros. O discos olvidados en lo más oculto del catálogo de un sello o distribuidora.

Como debe ser.

Pero no, aquí aún estamos empeñados que un disco vale 15 euros, y un libro cuesta 20 euros. Una auténtica barbaridad en un momento en el que la cultura en su formato físico se encuentra cada vez más deteriorada y cuando todo el mundo se baja de la Red lo que le sale del teclado.

De ahí, mi aplauso a esos lugares paradisíacos como Fopp, Rise y Head. Auténticos emporios que han sabido adaptarse a estos tiempos para el deleite de miles de usuarios deseosos de pasarse por sus tiendas todas las semanas (nota: la rotación de material es continua)

Como contrapartida de eso, lo que duele ver discos y libros maravillosos tirados – literalmente – por los suelos. La visión de la gente pisoteando la colección completa de CDs de Lilac Time a 2.99 o la pila del magnífico libraco de portadas y material gráfico de Pet Shop Boys a 7 míseras libras esterlinas me rompió el corazón. Pero, aprovechándome de esa situación, me agencié una cantidad inmensa de joyas a un precio máximo de 4 libras. Igual me traje demasiados, pero. ¿cómo los iba a dejar allí a ese precio TAN ridículo?


Y si yo caí en esa trampa divina, lo mismo caeríais vosotros. Como es mucho pedir que esas tiendas abran una filial al lado de casa, no estaría mal que algún empresario despabilado sacara provecho de la coyuntura para iniciar un modelo similar en España, fuera del interés de aquellos que, en estos tiempos, nos quieren seguir haciendo comulgar con piedras de molino y continúan empeñados en cuantificar la cultura muy por encima de lo que los usuarios estamos dispuestos a pagar por ello.

Ha llegado la hora de adaptarse a las circunstancias.

Algunos de los muchos CDs comprados a 2 ridículas libras esterlinas:

The Stars of Heaven – Little England
The Mekons - Ghost of American Astronauts
House of Love – Loneliness is a Gun (BBC Sessions)


domingo 21 de junio de 2009

Etapas

Buscando un disco en mis desordenadas pilas de CD y vinilos he visto de repente las diferentes etapas de mi vida reflejadas en canciones, desde aquel primer single que compré siendo un retaco hasta la última pieza que ha pasado a engrosar la colección.

Hacer un repaso a tus andanzas trae una serie de recuerdos que te llegan a abrumar. Pienso en algunos compañeros, muchos de ellos ya desaparecidos de tu radar y a los que ni has vuelto a ver y es probable que no vuelvas a encontrar nunca jamás. Pero, sobre todo, lo que más llama la atención es ver la evolución o la involución que has seguido en todos estos años; la influencia del entorno y de las modas; los recuerdos asociados a un disco, a una canción o al momento determinado cuando adquiriste algo, o el esfuerzo por diferenciarte y lo que has cedido para ir a favor de la moda imperante. Como si un álbum sonoro vital se tratara, todo eso ha quedado plasmado en mis estanterías.

Ahora me hace gracia ver cómo he cambiado en cuarenta y tantos años y la cantidad de etapas por las que he pasado. Imagino que este bagaje es lo que forma la personalidad y esa capacidad para absorber es lo que me ha convertido en una persona abierta a frentes diferentes. En definitiva, creo que todo ello me ha hecho algo menos talibán dentro de la ortodoxia musical, escuchando estilos diferentes para asimilar el contenido con mayor facilidad aunque, por el contrario, también me ha convertido en un consumidor más selectivo, por aquello del “esto ya lo he vivido antes en su versión original y las copias no me sorprenden”.

Es posible que esta postura sea la que hace que me interese ahora mucho más por aquellos discos de una época que no viví en toda su intensidad y que, en estos momentos, me apasiona, comprando compulsivamente reediciones de grupos y cantautores más o menos desconocidos de los 60/70 y despreciando hasta cierto punto muchos de los grupos actuales que, sinceramente, no me aportan nada porque, tal y como dije antes, los veo como meros calcos de cosas que viví en primera persona en su momento y que no me interesa volver a escuchar en una versión descafeinada y de segunda mano.

De todas formas, uno entiende que los jovencitos actuales necesiten beber directamente de aquello que nuestra generación experimentó en sus propias carnes ( lo gótico, el punk, el post-punk, los nuevos románticos, el tonti o el C86) y que ahora les corresponde a ellos reciclar todo y presentarlo a (¡agh!) otra generación más.

Me haría hasta gracia poner a esta nueva generación discos que han sido influencia directa de, por ejemplo, Pains of Being Pure at Heart, para ver su cara de asombro. Inventar algo nuevo cada vez resulta más difícil en un mundo globalizado y homogeneizado y uno comprende que resulta más fácil reproducir viejos esquemas, a veces con un descaro sonrojante. Al fin y al cabo, todo en esta vida es más o menos cíclico. Y no pasa nada.

También me sorprende enormemente desempolvar discos que, ahora en la distancia, me parecen imposibles y me traen a la memoria momentos en los que aún forjaba mi personalidad y me veía arrastrado por los movimientos imperantes en la época. ¿Alguno se acuerda de los años de auge de los grupos góticos oscuros? Me refiero a cuando, por ejemplo, para estar a la última era esencial conocer al dedillo la discografía de Bauhaus o decir que lo más era Theatre of Hate. Pues ahí caí yo también.

O los años de la explosión de grupos neopsicodélicos americanos / australianos que inundaban los programas de radio más especializados de Madrid y los bares malasañeros de principios/mediados de los 80. También me prendaron.

Y esto por no hablar de movimientos más conocidos como pudieron ser el punk, los nuevos románticos, el neomod, los diferentes tipos de música bailonga y un largo etcétera de cosas por las que uno ha pasado con mayor o menor fortuna e interés. Todo ello ha dejado un granito de arena en mi persona y en mi discografía. Y me pregunto qué me queda por ver.

Mientras tanto, sigo sin encontrar el disco que buscaba y continúo repasando mi pasado a través de portadas y pilas de recuerdos.

¿Cómo demonios pude comprar tantos discos ahora infumables?

Yo también fui siniestro:

The Rose of Avalanche – Always there
Kiss the Blade – The party’s begun
The Danse Society – Red Light



sábado 13 de junio de 2009

Diferente

Resulta curioso ver que, en estos días, tendemos más que nunca a la uniformidad total y absoluta, penalizando cualquier intento de ser diferente. Desde la más tiernecita infancia, los profesores obligan a sus alumnos a hacer todos exactamente lo mismo, ya sea palotes o copias exactas de modelos en papeles cuadriculados para que nadie se salte las normas establecidas y para que a ningún pupilo se le ocurra salirse del patrón fijado, porque esa actitud será castigada y, por supuesto, nunca va a ser permitida.
Y esta forma de pensamiento continúa bien avanzada la adolescencia e incluso la edad adulta, siguiendo un plan de estudios que castra la iniciativa y potencia el borreguismo. El resultado de todo ello es evidente: masas que persiguen la misma basura y cada vez menos almas disidentes que deciden apartarse del resto para buscar alternativas.

No estaría mal estudiar los mecanismo que nos hacen saltar las reglas y decantarnos por aquello que otras personas definirían como rarezas. Recuerdo con simpatía los años de colegio cuando, mientras la inmensa mayoría de mis compañeros de clase estaban por otras labores, yo disfrutaba de forma casi solitaria los primeros discos de, por ejemplo, Echo and the Bunnymen, algo que era todo un desafío en aquella época - los principios de los 80.

De ahí en adelante, toda la vida me he sentido que iba contracorriente pero, lejos de verlo como algo negativo, siempre lo he considerado como una cualidad muy digna y válida. ¿Por qué seguir la marea, cuando es más interesante remar en sentido contrario?

La diferencia es algo esencial en esta vida. El mundo se ve impulsado por gente que, como tú y como yo, amamos el riesgo y la vanguardia que nos ofrecen las personas que han decidido hacer algo al margen de lo establecido. Las ovejas negras. Las notas discordantes.
Son muchos los creadores que se han visto relegados a un quinto plano por la sola decisión de ser diferentes para que, tiempo después - incluso lo suficientemente avanzado como para saborear un éxito tardío,- alguien los descubra y se comience a hablar de ese tópico que es el estar “adelantado a su tiempo”. En música tenemos un buen montón de ejemplos de grupos que han lanzado material ejemplar, extraño y que han visto su obra apreciada muchos años después.

Incluso hay personajes y sellos que se dedican a descubrir nuevos talentos que hacen canciones inclasificables y que, por lo tanto, se ven condenados a ser apreciados por una ínfima minoría. La minoría de la minoría. Entre esos locos que han decidido admirar lo diferente me gustaría destacar la labor de Stephen Pastel, quien ha sufrido en sus propias carnes las críticas más salvajes por el mero hecho de seguir siempre un estilo coherente pero que, en muchos momentos, le ha hecho ir por la vía opuesta de lo establecido, siendo acusado en numerosas ocasiones de cantar mal, de tocar peor y de flojo entre los flojos. Un verdadero titán de la independencia más ortodoxa.
Parece que la aventura de Stephen con su magnífico sello Geographic es una respuesta a todo eso y una reivindicación de la importancia de la diferencia y la belleza oculta de lo deslabazado. El catálogo de Geographic es una bocanada de aire fresco en un entorno cada vez más homogeneizado. Muchas de las referencias publicadas son un canto al riesgo, a la vanguardia con toques orientales y, aunque parezca una contradicción absoluta, a la sencillez más complicada. Poco importa si están mal cantadas, mal tocadas, compuestas de forma rápida y grabadas en condiciones precarias, porque lo realmente interesante es que estas canciones van más allá de todo ello y, para apreciarlas, sólo hace falta una cosa: valorar lo diferente.

Y eso que parece tan simple y en un mundo en donde tendemos a igualar, uniformar y homogeneizar casi todo, es mucho pedir.

Algunas alabanzas a la diferencia:

Tenniscoats – Baibaba Bimba
Maher Shalal Hash Baz – Unknown happiness
Kama Aina – Theme of raft

viernes 29 de mayo de 2009

Despotricando

No sé qué está pasando en esta ciudad.

El otro día actuaron The Bats. Aunque odio esta calificación, este combo es una banda verdaderamente mítica. Mítica y representativa de un pasado no muy lejano, cuando las guitarras se utilizaban para crear canciones preciosas. Cuando las voces se mezclaban con las melodías para ofrecer auténticas gemas. Cuando las bandas de Nueva Zelanda nos regalaban sorpresa tras sorpresa. The Bats nunca habían pisado suelo español, y uno tenía entre sus grandes ilusiones la posibilidad de verlos en directo.

Y, por fin, mi sueño se hizo realidad. The Bats venían a las puertas de casa. Un momento único. Y a una sala pequeña donde, prácticamente, estás a 20 centímetros de distancia de ellos. Llega esa fecha y, mira tú por dónde, coincide con un partido de fútbol importante. Y al día siguiente se marchan a tocar al enorme Primavera de Barcelona. Pero todo no debería haber sido un impedimento para ver la sala llena a rebosar, para que se hubieran vendido todas las entradas anticipadas y para que la gente se hubiera desvivido por disfrutar de unas leyendas que no se sabe cuándo volverán de gira por Europa (si es que lo hacen otra vez).

Pero nada de esto ocurrió. Muchas de las personas que deberían haber estado allí decidieron quedarse en casita. No lo entiendo. No sólo deberíamos vernos en la obligación de apoyar iniciativas como la de Pacific Street sino que, moralmente, ningún amante del POP debería haberse perdido este acontecimiento.

Y la cosa no acaba ahí. Últimamente he acudido a sitios minúsculos en donde se han celebrado eventos esenciales (Fiestas Birra y Perdiz, por ejemplo) en donde, prácticamente, estábamos allí los amigos de siempre. Es decir, que pocas caras nuevas se podían ver apelotonadas por ver en directo a, por ejemplo, Giorgio Bassmatti, Espanto y Anntona. ¿Qué narices está ocurriendo? No sólo me mosquea el desinterés por descubrir propuestas innovadoras e interesantes, algo que se plasma en toda su crudeza en la bajada impresionante en las ventas de discos, sino que incluso las actuaciones y la capacidad para atraer nuevo público a este tipo de reuniones se está haciendo cada vez más difícil.

He estado dando vueltas en mi cabeza sobre el por qué de este penoso reconocimiento a este tipo de acontecimientos y he llegado a la conclusión que la culpa de todo ello es el maldito individualismo del Siglo XXI. Hubo un tiempo en donde en esta ciudad había programas de radio seguidos por todos, en donde se pinchaban una y otra vez los temas interesantes y servían de escaparate a, entre cosas, los conciertos que se organizaban. Pero ahora no existe nada de eso. Hay una atomización de webs, de radios, de consumo personal e individualizado de los productos que no reúne a las personas, sino que las aísla en un entorno en donde sobra la información y falta el espíritu colectivo. Vivimos en un en un mundo de despersonalización, de pseudónimos, de comentarios anónimos, de desprecio a todo y todos. Estamos en un entorno en donde no valoramos un disco, una canción o un concierto en su justa medida, en donde las modas son cada vez más efímeras y los hypes duran lo mínimo.

Y así no vamos a ninguna parte. Ya es tarde para lamentarse, porque los conciertos (maravillosos, por cierto) de The Bats, Espanto, Anntona o Giorgio Bassmatti ya han pasado, pero luego vendrán los lamentos y las penas cuando la gente se acuerde de aquella sala que cerró por falta de apoyo colectivo. A veces me veo lleno de ganas por hacer algo, de la misma forma que iniciamos el STAMP con el objetivo de conocer a personas desperdigadas pero con nuestro mismo gusto por lo musical y por lo chochi, por lo que no se consideraba válido en un momento de vacío en muchos sentidos (los finales de los 80 en Madrid eran años de horror en ese sentido). Me pregunto si ese tipo de propuestas tendrían validez en un panorama de consumo privado y egoísta de las cosas, en donde la gente no mueve un pie para salir a comprar un disco o para acudir a una sala de conciertos.

Penita me da todo.

Algunas canciones en directo que fueron y nunca más volverán:

The Soup Dragons – Can’t take no more
The Mighty Lemon Drops – Take me up
The Woodentops – Love Train